Gustavo MartinSUSCRIBIRTE
← VOLVER14 SEPT 2026

¿Podemos ver en el café verde lo que encontraremos después en la taza?

Un estudio con Catimor en Yunnan halló 843 metabolitos que cambiaron según el procesamiento, y 75 correlacionados con atributos sensoriales.

Foto: Ruggero Ramirez

Empecemos.

En el café hablamos constantemente de procesos.

Lavado.

Natural.

Honey.

Anaeróbico.

Maceración carbónica.

Fermentaciones controladas.

Y casi siempre terminamos hablando de ellos de la misma manera:

describiendo lo que encontramos en la taza.

Más fruta.

Más dulzor.

Mayor intensidad.

Acidez diferente.

Notas tropicales.

Pero entre la cereza que entra en un tanque y el café que finalmente catamos ocurre una transformación enorme que rara vez podemos observar.

Un grupo de investigadores en China decidió mirar precisamente ahí.

No empezaron por el café tostado.

Empezaron por el café verde.

Y encontraron algo interesante:

cambiar el procesamiento dejó una huella química suficientemente grande como para distinguir los cafés antes incluso de tostarlos.

Esta historia comienza en Yunnan.

CATIMOR NO CAMBIÓ. CAMBIÓ LO QUE HICIERON DESPUÉS DE COSECHARLO.

Más del 98% del café producido en China procede de Yunnan.

Y allí domina una variedad que probablemente no encabezaría la lista de cafés más deseados por muchos compradores de specialty:

Catimor.

Según los investigadores, representa más del 90% del área cultivada con Arábica en la provincia.

Hay razones prácticas.

Resistencia a enfermedades.

Adaptación.

Productividad.

Pero esa realidad plantea una pregunta interesante desde origen:

¿qué haces cuando la genética que sostiene tu producción no es necesariamente la genética que recibe las mayores primas del mercado?

Una respuesta sería sustituir variedades.

Otra, mucho más inmediata, es preguntarse cuánto valor puede construirse después de cosechar la cereza.

Eso es lo que quiso estudiar el equipo de Fu, X. y Yu, H. (2026) del Yunnan Key Laboratory of Coffee y otras instituciones científicas chinas.

Recolectaron cerezas Catimor en Xinzhai Village, Baoshan, a unos 1.200 metros de altitud.

Seleccionaron cerezas homogéneas.

Y las dividieron en cuatro grupos de 10 kg.

Mismo café.

Mismo origen.

Misma variedad.

Cuatro caminos después de ser cosechado.

Lavado convencional.

Natural convencional.

Fermentación anaeróbica durante 7 días —168 horas— seguida de lavado.

Fermentación anaeróbica durante 7 días seguida de natural.

Después analizaron qué había quedado dentro del café verde.

Y ahí empieza la parte interesante.

1.682 COMPUESTOS

Los investigadores utilizaron una técnica llamada UPLC-ESI-MS/MS.

El nombre intimida bastante más de lo necesario.

Podemos simplificarlo así:

queremos desmontar químicamente el café verde y construir una especie de inventario de las moléculas que contiene.

No estamos buscando todavía “jazmín”, “fresa” o “chocolate”.

Estamos buscando compuestos.

Aminoácidos.

Azúcares.

Ácidos orgánicos.

Lípidos.

Ácidos fenólicos.

Con todas estas moléculas podemos construir un mapa.

Un metaboloma.

El estudio detectó 1.682 metabolitos no volátiles.

Después comparó los cuatro tratamientos.

Y de esos 1.682 compuestos, 843 mostraron diferencias significativas entre procesos.

Quedémonos un momento ahí.

No cambiaron la variedad.

No cambiaron la finca.

No cambiaron la altitud.

Cambió lo que ocurrió después de cosechar.

Y aproximadamente la mitad de los metabolitos detectados presentó diferencias entre tratamientos.

Eso no significa que 843 moléculas produzcan 843 sabores.

Significa algo más prudente —y probablemente más importante—:

el procesamiento dejó una huella química medible en el café verde.

EL CAFÉ VERDE NO ES UNA PÁGINA EN BLANCO

Esto ayuda a corregir otra simplificación habitual.

A veces hablamos del tueste como si fuera el momento en que aparece el sabor.

No exactamente.

El tueste transforma.

Pero necesita algo que transformar.

Cuando aplicamos calor al café comienzan cientos de reacciones químicas.

Entre ellas están las reacciones de Maillard, en las que participan, entre otros componentes, azúcares reductores y aminoácidos.

También ocurren caramelización, degradación de ácidos, transformación de lípidos y generación de una enorme cantidad de compuestos aromáticos.

El tostador trabaja, por tanto, con un inventario químico que ya existe en el verde.

Y ese inventario empezó a construirse mucho antes.

Genética.

Suelo.

Clima.

Maduración.

Nutrición.

Fermentación.

Secado.

Almacenamiento.

El procesamiento está en mitad de esa cadena.

Por eso resulta tan interesante mirar el café antes del tueste.

¿QUÉ HIZO EL ANAERÓBICO?

Los dos tratamientos anaeróbicos dejaron perfiles metabólicos diferentes de sus equivalentes convencionales.

Y uno de ellos, el anaeróbico seguido de secado natural —AFDP en el estudio—, mostró algunas de las diferencias más marcadas.

Los investigadores observaron una mayor abundancia relativa de determinados metabolitos, especialmente relacionados con vías del metabolismo de aminoácidos y nucleótidos.

Posteriormente identificaron 125 metabolitos característicos distribuidos en 45 vías metabólicas.

En otras palabras:

no encontraron simplemente “más cosas”.

Encontraron patrones.

El procesamiento estaba asociado con cambios medibles en la composición del café verde.

Y entonces hicieron la segunda mitad del experimento.

Tostaron.

Prepararon.

Y cataron.

AHORA VIENE LA TAZA

La evaluación sensorial fue realizada por un panel de cinco Q Graders.

Los cafés sometidos a fermentación anaeróbica obtuvieron mejores resultados que sus equivalentes convencionales en varios atributos evaluados:

fragancia,

aroma,

sabor,

postgusto,

acidez,

cuerpo,

balance.

Los cafés lavados, por su parte, mostraron mayor limpieza y menor dulzor que los naturales.

Hasta aquí sería muy fácil escribir:

“El anaeróbico produjo mejor café.”

Pero sería precisamente ahí donde empezaríamos a perder lo más interesante del estudio.

Porque los investigadores hicieron algo más.

Intentaron conectar lo que habían encontrado químicamente en el verde con lo que los catadores encontraron después en la taza.

75 PISTAS ENTRE EL VERDE Y LA TAZA

El análisis encontró 75 metabolitos significativamente correlacionados con los indicadores sensoriales.

Entre ellos aparecen compuestos como D-glucosa, D-manosa, ácido láctico, GABA, ácido cafeico y ácido sinápico.

Aquí hay que frenar.

Correlación no significa causalidad.

El estudio no nos permite coger uno de esos compuestos y decir:

“Esta molécula produce esta nota.”

La percepción del café es muchísimo más compleja.

Además, durante el tueste esos compuestos pueden degradarse, transformarse o participar en reacciones que generan moléculas completamente nuevas.

Pero sí podemos decir algo bastante interesante:

antes de tostar, ya existen patrones químicos que se relacionan estadísticamente con diferencias que posteriormente encontramos en la taza.

Eso cambia ligeramente la manera de pensar el procesamiento.

El proceso no está simplemente “añadiendo una nota exótica”.

Está modificando el conjunto de materiales con los que después trabajará el tueste.

DEL “PROCESO” A LA INGENIERÍA DE PRECURSORES

Aquí es donde creo que esta investigación empieza a ser especialmente relevante para productores.

Durante años, buena parte de la innovación en fermentación ha sido experimental.

Cambias el tiempo.

Cambias la temperatura.

Cierras un tanque.

Introduces o eliminas oxígeno.

Modificas mucílago.

Pruebas microorganismos.

Catas.

Repites.

Es un sistema perfectamente válido de aprendizaje empírico.

Pero la metabolómica abre otra posibilidad.

Podríamos empezar a observar qué transformaciones químicas acompañan a cada decisión antes de llegar a la taza.

Eso no significa diseñar cafés como si fueran refrescos.

Significa tener más información.

Y esa información podría permitir algo mucho más valioso que inventar otro nombre para un proceso:

repetibilidad.

Porque uno de los grandes problemas de los procesos experimentales no es conseguir una taza espectacular una vez.

Es conseguirla de nuevo.

Y volver a conseguirla en la siguiente cosecha.

ESTO TAMBIÉN ES DESARROLLO DE ORIGEN

Volvamos a Yunnan.

El verdadero interés económico del estudio quizá no esté en demostrar que podemos hacer un Catimor anaeróbico más intenso.

Está en otra parte.

Una región productora tiene determinada genética.

Determinado clima.

Determinada infraestructura.

Cambiar algunas de esas cosas puede llevar años.

El procesamiento, en cambio, ofrece una palanca que el productor puede utilizar después de haber producido la cereza.

Si comprendemos mejor esa palanca, una región puede potencialmente utilizar la postcosecha para diferenciarse, construir perfiles reconocibles y capturar más valor.

No necesariamente convirtiendo todo en fermentaciones de moda.

También entendiendo qué proceso funciona mejor para cada materia prima.

La pregunta deja entonces de ser:

¿Cómo hacemos que este café sea más raro?

Y se convierte en:

¿Cómo hacemos que esta materia prima exprese de forma más consistente el perfil que queremos llevar al mercado?

Esa es una pregunta bastante más interesante.

PERO NO CONVIRTAMOS UN ESTUDIO EN UNA RECETA

Este trabajo no demuestra que el anaeróbico sea universalmente mejor.

El experimento utilizó Catimor de una localidad de Yunnan.

Una cosecha determinada.

Condiciones concretas de procesamiento.

Los grupos fueron pequeños:

10 kg de cereza por tratamiento.

Y la evaluación sensorial fue realizada por cinco Q Graders.

Los propios investigadores dejan además preguntas abiertas.

Una es microbiológica.

¿Qué microorganismos concretos estuvieron detrás de las transformaciones observadas?

Otra es temporal.

¿Cuál es la duración óptima de fermentación?

Ambas aparecen como áreas para futuras investigaciones.

Y todavía queda otra cuestión que me parece fundamental.

Una puntuación sensorial superior no equivale automáticamente a mayor valor económico para el productor.

Para eso hacen falta otras cosas.

Comprador.

Consistencia.

Escala.

Coste de procesamiento.

Riesgo.

Estabilidad.

Y disposición a pagar.

La ciencia puede ayudarnos a producir de manera más intencionada.

No puede garantizar que alguien compre el resultado.

LO QUE REALMENTE NOS DICE YUNNAN

Quizá dentro de unos años podamos analizar un café verde y comprender muchísimo mejor qué potencial sensorial contiene.

Quizá podamos identificar familias de precursores y relacionarlas con resultados después del tueste.

Quizá los productores puedan utilizar esa información para ajustar fermentación y secado con mucha más precisión.

Todavía no estamos ahí.

Pero este estudio deja una pista importante.

Entre la cereza y la taza hay una caja negra que estamos empezando a abrir.

Dentro encontramos:

microorganismos,

tiempo,

oxígeno,

temperatura,

azúcares,

aminoácidos,

ácidos,

y cientos de metabolitos interactuando antes de que el café haya tocado una tostadora.

Durante mucho tiempo hemos aprendido sobre esa caja negra principalmente catando su resultado.

Ahora empezamos a poder mirar dentro.

Y quizá la consecuencia más interesante no sea conseguir cafés cada vez más extravagantes.

Puede ser algo mucho más útil para el productor:

entender qué está haciendo, por qué funciona y cómo conseguir repetirlo.

Porque si el procesamiento puede modificar de forma medible los precursores presentes en el café verde, entonces la postcosecha deja de ser solamente una etapa necesaria para convertir una cereza en café exportable.

Se convierte en una herramienta para construir calidad con más intención.

Y si esa calidad puede repetirse, explicarse y encontrar mercado,

también puede convertirse en valor.

FUENTE:

Fu X, Yu H, Dong W, Bi X, Li Z, et al 2026. Metabolome analysis of processing methods regulating flavor precursors in Arabica coffee beans and correlation with sensory attributes. Beverage Plant Research 6: e029 doi: 10.48130/bpr-0026-0010

https://doi.org/10.48130/bpr-0026-0010